domingo, 1 de abril de 2018

El artista y su obra


El artista y su obra


Parado frente a  ella, con los rayos del sol calentando su piel, admiraba su escultura el escultor, después de varios meses había logrado terminarla, escribir satisfecho no describe su emoción al ver el barro, afirmaba estar listo para morir o para dejar de esculpir en caso de que hubiera diferencia para él. Llamó a su esposa y la invitó a ver, la poetisa admiró la obra de su esposo, la encontró bella, tanto que se asustó porque era como si estuviera mirándose en un espejo, el escultor había tallado tan bien su cuerpo y su expresión que la escultura pasaba por hiperrealista y vibraba a erotismo, era su clon en barro y en cualquier momento daba la impresión de que fuera hablar.

El escultor confesó que era su obra maestra, estaba tan emocionado de verla terminada que empezó a llorar mientras murmuraba que la belleza de su escultura no pudo haberlo hecho con sus manos. La poetisa se acercó y lo abrazó, le habló, su voz era seductora en suma, como si todas las sirenas muertas en el mundo hubieran reencarnado en ella, cada que la poetisa hablaba, no solo su esposo quedaba hipnotizado y cautivado por su conversación también las miles de personas que compraban sus poemarios como drogas y como droga los leían para sentirse mejor.

Las palabras de la poetisa calmaron e hicieron sentir mejor a su esposo, también hacían sentir mejor a las personas que leían sus libros pero ella era miserable, la tristeza y la confusión le atacaban desde que amanecía y las voces y apariciones la acosaban por la noche. Ella decía que estaba a punto de escribir el poemario que desnudaría por completo el corazón de las personas y le enseñaría a la humanidad la emoción entera de un artista plasmada en su obra, sin embargo las jugarretas en su mente le hacían tanto mal que a veces no podía escribir con lápiz ni acomodar sus ideas en el teclado.

El escultor y la poetisa se mudaron a una vieja casa en medio del campo, todos los días arreglaban la casa que tenía muchos problemas en los muros, en el techo y en los pisos, colocaban yeso, cortaban y clavaban madera y se esforzaban para que la casa quedara en óptimas condiciones, fueron felices arreglando su hogar y la poetisa mejoró por un tiempo, tras varias semanas la casa quedo reparada y decorada.

La poetisa escribió punto final en el poemario que esfuerzo le costó terminar, tomó un gran suspiro y fumó un cigarrillo, salió a caminar bajo la lluvia hasta llegar a un río donde recogió varias rocas y las metió en sus bolsillos, saltó al agua y mientras sus pulmones se llenaban de agua, recordó a su esposo, sintió pánico y quiso sacar las rocas de sus bolsillos, terminó por quitarse toda la ropa, salió del río y respiró, cuando quitó las gotas de sus parpados y abrió los ojos, vio a la muerte y a un xoloitzcuintle, sentados en la hierba a un lado del agua.

La muerte le ayudó a salir del río y le advirtió que debían irse, la poetisa dijo que no podía porque el escultor se pondría triste con su ausencia, dijo que pensó en librarse de sus propios problemas sin pensar en los que se preocupaban por ella. La muerte respondió que pudo librarse de todo en vida y ahora ya no había solución, estaba atrapada en el mundo de los no vivos. La poetisa comenzó a llorar y suplicó que la dejara regresar con su esposo, las palabras que escogía la poetisa cada que hablaba eran tan adecuadas que sedujeron a la muerte y consiguió permiso para vivir como un fantasma encerrada dentro del objeto que quisiera, escogió la escultura que hizo su esposo basándose en ella.

La muerte aceptó y el xoloitzcuintle mordió la pierna de la poetisa y le arrancó el alma, la muerte y el perro con el alma en la boca, fueron hasta la casa donde estaba la escultura, amarraron el alma en la pierna de barro y se marcharon. Los días que acontecieron después, fueron de náusea para el escultor, tapó su escultura con una manta y se hundió en un abismo de emociones que le llevó a consumir bebidas alcohólicas todos los días, a dejar su labor de artista y empeorar su salud al igual que la casa. Cierta noche, en medio de su embriaguez, quiso ver la figura de su esposa, fue hasta su antiguo taller y quitó la manta de la escultura, cautivado, llamó a la poetisa y la escultura acercó sus labios al rostro del escultor.

“Mi poetisa” dijo el escultor. “No soy tu poetisa, soy tu obra” dijo la escultura. El hombre se hizo para atrás y la escultura bajó del estante, le preguntó a su creador con la misma voz de la poetisa, por qué temía. El escultor, preguntó por su esposa, la escultura dijo que no la conocía, afirmó que era ajena a todo menos a él. La escultura quiso tocar a su creador pero él se alejó, alegando que se fuera de la casa, la escultura respondió que no tenía a donde ir, era un producto de su imaginación y su lugar estaba junto a él, encadenada a él.

Intentó acercarse de nuevo pero el escultor tomó un martillo y la golpeó en la cabeza, huyó mientras la escultura yacía inconsciente en el suelo. Cuando despertó buscó a su creador, desesperada por no encontrarlo, salió de la casa, caminó por horas llamándolo hasta que llegó a un pueblo donde unas monjas le preguntaron por qué estaba desnuda y sangrando de la cabeza, la escultura dijo que su creador la había abandonado y estaba asustada porque no sabía qué hacer sin él.

Las monjas dijeron que el creador nunca la abandonaría y la invitaron al monasterio, le dieron un hábito para que se vistiera y le enseñaron a ser una monja. La escultura rezaba y leía el libro sagrado todos los días, cocinaba y hacía tareas domésticas a veces salía a vender rompope con las otras monjas, por su dulce voz la invitaron a cantar en el coro de la iglesia y después aprendió a tocar el órgano, la gente se reunía en la iglesia para escuchar misa y contemplar a la escultura vestida de monja que hacía sentir a todos bien solo con verla y escucharla.

Una tarde mientras la escultura conversaba con el padre de la Iglesia, confesó cuanto extrañaba a su creador y sus ánimos por salir a buscarlo. El padre, dijo que aunque ella pensara que su creador estaba lejos, Él vivía siempre dentro su cuerpo. La escultura dijo que era lo contrario, ella vivía dentro de la mente de su creador y al esculpirla había salido y ahora su creador le había dado la espalda. El padre, preguntó si no creía en dios, en los libros, en la pasión y en la historia y la escultura dijo que ella solo vivía por su escultor y debía estar cerca de él. “¡Dios nos dio libre albedrío!” exclamó el padre, la escultura respondió que ella no era libre porque era ajena a todo el mundo.

El padre y la escultura discutieron y ella salió sintiéndose ofendida de la iglesia, fue a una banca y tomo asiento, entre la gente que veía pasar buscaba el rostro del escultor, de pronto una joven mujer vestida de negro con los labios pintados del mismo color se acercó y saludó a la escultura, preguntó si era la monja que tocaba el órgano en la iglesia y ella respondió sí, alegando que no tenía deseos de regresar.

La chica de labios negros invitó a la escultura a su casa, dijo que tenía espacio para alguien más y una banda donde ella podría tocar el teclado. La escultura advirtió que ella no creía en el creador de la cruz, estaba hecha de barro y creía en su propio escultor. La chica con los labios negros, respondió que no importaba quien fuera su creador. Ambas caminaron a casa y la escultura conoció a los otros integrantes de la banda, la chica de labios negros era bajista.

Todos los fines de semana tocaban en un bar del pueblo, desde la llegada de la escultura la popularidad de la banda creció y la multitud se juntaba para ver a la escultura tocar y escucharla cantar, una noche la escultura vio entre la algazara a su escultor, sentado en la barra del bar, desde el escenario gritó: “¡mi creador!”. El escultor la vio y se asustó, ella se abrió paso entre la multitud y se acercó, él saco un revolver y sin decir nada le disparó en el pecho.

Varios hombres detuvieron al escultor y comenzaron a golpearlo, la escultura al ver que iban a matar a su creador, se levantó del suelo con el pecho lleno de sangre y tranquilizó a sus fanáticos. La bajista de la banda se acercó y la escultura se despidió de ella, la bajista dijo que se quedara que no era necesario ir con el escultor. La escultura, dijo no tenía otro lugar donde ir y la bajista insistió, alegando era libre para decidir su destino y con quien compartir su vida. La escultura la abrazó y se fue, tomó a su creador de la mano y le ayudó a levantarse, ambos se fueron caminando lento mientras la multitud los miraba con lástima.

El escultor estaba despeinado y sucio había adelgazado y parecía que había vivido lustros en días, no obstante al sentir la mano de la escultura, dijo: “¿mi poetisa, has estado con vida todo este tiempo? ¿yo te abandone?”. La escultura respondió que lo estaba buscando, era su razón para estar viva, dijo que todo el tiempo lejos de él, la llevó a pensar que una parte de la poetisa vivía dentro de ella, encerrada, concluyó en que sin importar lo que dijeran los demás ella estaba hecha de barro, era su obra, estaba viva por él y vivía para él. 

Ambos caminaron hasta su antigua casa que estaba húmeda y descuidada, entraron y fueron al taller ahí tomaron asiento y la escultura dijo había algo encerrado adentro de ella, ordenó al escultor sacarlo desde la grieta en el pecho producida por la bala. El escultor rompió un poco el barro, metió la mano en su escultura y sacó el libro que la poetisa escribió antes de morir.

La escultura vio el libro con recelo y sonrió, dijo: “Cuando estuve lejos de ti me sentía prisionera de mi incertidumbre ahora que estoy a un lado de lo que más me encadena me siento libre para hacer lo que quiera” cuando terminó de pronunciar, la grieta en su pecho se extendió por todo su cuerpo y la escultura se rompió. El escultor, sentóse a un lado de los restos y leyó el poemario de la poetisa, sintió alivio y se quedó dormido, cuando despertó, leyó el libro una vez más, fue a bañarse y a limpiarse las heridas, después barrió los restos de la escultura y comenzó a limpiar la casa.




Autor: Marcovich




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