El
artista y su obra
Parado frente
a ella, con los rayos del sol calentando
su piel, admiraba su escultura el escultor, después de varios meses había
logrado terminarla, escribir satisfecho no describe su emoción al ver el barro,
afirmaba estar listo para morir o para dejar de esculpir en caso de que hubiera
diferencia para él. Llamó a su esposa y la invitó a ver, la poetisa admiró la
obra de su esposo, la encontró bella, tanto que se asustó porque era como si
estuviera mirándose en un espejo, el escultor había tallado tan bien su cuerpo
y su expresión que la escultura pasaba por hiperrealista y vibraba a erotismo,
era su clon en barro y en cualquier momento daba la impresión de que fuera hablar.
El escultor confesó que era su obra maestra, estaba
tan emocionado de verla terminada que empezó a llorar mientras murmuraba que la
belleza de su escultura no pudo haberlo hecho con sus manos. La poetisa se
acercó y lo abrazó, le habló, su voz era seductora en suma, como si todas las
sirenas muertas en el mundo hubieran reencarnado en ella, cada que la poetisa
hablaba, no solo su esposo quedaba hipnotizado y cautivado por su conversación también
las miles de personas que compraban sus poemarios como drogas y como droga los
leían para sentirse mejor.
Las palabras de la poetisa calmaron e hicieron sentir
mejor a su esposo, también hacían sentir mejor a las personas que leían sus
libros pero ella era miserable, la tristeza y la confusión le atacaban desde
que amanecía y las voces y apariciones la acosaban por la noche. Ella decía que
estaba a punto de escribir el poemario que desnudaría por completo el corazón de
las personas y le enseñaría a la humanidad la emoción entera de un artista
plasmada en su obra, sin embargo las jugarretas en su mente le hacían tanto mal
que a veces no podía escribir con lápiz ni acomodar sus ideas en el teclado.
El escultor y la poetisa se mudaron a una vieja casa
en medio del campo, todos los días arreglaban la casa que tenía muchos
problemas en los muros, en el techo y en los pisos, colocaban yeso, cortaban y
clavaban madera y se esforzaban para que la casa quedara en óptimas
condiciones, fueron felices arreglando su hogar y la poetisa mejoró por un
tiempo, tras varias semanas la casa quedo reparada y decorada.
La poetisa escribió punto final en el poemario que
esfuerzo le costó terminar, tomó un gran suspiro y fumó un cigarrillo, salió a
caminar bajo la lluvia hasta llegar a un río donde recogió varias rocas y las metió
en sus bolsillos, saltó al agua y mientras sus pulmones se llenaban de agua,
recordó a su esposo, sintió pánico y quiso sacar las rocas de sus bolsillos,
terminó por quitarse toda la ropa, salió del río y respiró, cuando quitó las
gotas de sus parpados y abrió los ojos, vio a la muerte y a un xoloitzcuintle,
sentados en la hierba a un lado del agua.
La muerte le ayudó a salir del río y le advirtió que
debían irse, la poetisa dijo que no podía porque el escultor se pondría triste
con su ausencia, dijo que pensó en librarse de sus propios problemas sin pensar
en los que se preocupaban por ella. La muerte respondió que pudo librarse de
todo en vida y ahora ya no había solución, estaba atrapada en el mundo de los
no vivos. La poetisa comenzó a llorar y suplicó que la dejara regresar con su
esposo, las palabras que escogía la poetisa cada que hablaba eran tan adecuadas
que sedujeron a la muerte y consiguió permiso para vivir como un fantasma
encerrada dentro del objeto que quisiera, escogió la escultura que hizo su
esposo basándose en ella.
La muerte aceptó y el xoloitzcuintle mordió la pierna
de la poetisa y le arrancó el alma, la muerte y el perro con el alma en la boca,
fueron hasta la casa donde estaba la escultura, amarraron el alma en la pierna
de barro y se marcharon. Los días que acontecieron después, fueron de náusea
para el escultor, tapó su escultura con una manta y se hundió en un abismo de
emociones que le llevó a consumir bebidas alcohólicas todos los días, a dejar
su labor de artista y empeorar su salud al igual que la casa. Cierta noche, en
medio de su embriaguez, quiso ver la figura de su esposa, fue hasta su antiguo
taller y quitó la manta de la escultura, cautivado, llamó a la poetisa y la escultura
acercó sus labios al rostro del escultor.
“Mi poetisa” dijo el escultor. “No soy tu poetisa, soy
tu obra” dijo la escultura. El hombre se hizo para atrás y la escultura bajó
del estante, le preguntó a su creador con la misma voz de la poetisa, por qué temía.
El escultor, preguntó por su esposa, la escultura dijo que no la conocía,
afirmó que era ajena a todo menos a él. La escultura quiso tocar a su creador
pero él se alejó, alegando que se fuera de la casa, la escultura respondió que
no tenía a donde ir, era un producto de su imaginación y su lugar estaba junto
a él, encadenada a él.
Intentó acercarse de nuevo pero el escultor tomó un
martillo y la golpeó en la cabeza, huyó mientras la escultura yacía inconsciente
en el suelo. Cuando despertó buscó a su creador, desesperada por no encontrarlo,
salió de la casa, caminó por horas llamándolo hasta que llegó a un pueblo donde
unas monjas le preguntaron por qué estaba desnuda y sangrando de la cabeza, la escultura
dijo que su creador la había abandonado y estaba asustada porque no sabía qué
hacer sin él.
Las monjas dijeron que el creador nunca la abandonaría
y la invitaron al monasterio, le dieron un hábito para que se vistiera y le
enseñaron a ser una monja. La escultura rezaba y leía el libro sagrado todos
los días, cocinaba y hacía tareas domésticas a veces salía a vender rompope con
las otras monjas, por su dulce voz la invitaron a cantar en el coro de la
iglesia y después aprendió a tocar el órgano, la gente se reunía en la iglesia
para escuchar misa y contemplar a la escultura vestida de monja que hacía
sentir a todos bien solo con verla y escucharla.
Una tarde mientras la escultura conversaba con el
padre de la Iglesia, confesó cuanto extrañaba a su creador y sus ánimos por
salir a buscarlo. El padre, dijo que aunque ella pensara que su creador estaba
lejos, Él vivía siempre dentro su cuerpo. La escultura dijo que era lo
contrario, ella vivía dentro de la mente de su creador y al esculpirla había
salido y ahora su creador le había dado la espalda. El padre, preguntó si no
creía en dios, en los libros, en la pasión y en la historia y la escultura dijo
que ella solo vivía por su escultor y debía estar cerca de él. “¡Dios nos dio
libre albedrío!” exclamó el padre, la escultura respondió que ella no era libre
porque era ajena a todo el mundo.
El padre y la escultura discutieron y ella salió
sintiéndose ofendida de la iglesia, fue a una banca y tomo asiento, entre la
gente que veía pasar buscaba el rostro del escultor, de pronto una joven mujer
vestida de negro con los labios pintados del mismo color se acercó y saludó a
la escultura, preguntó si era la monja que tocaba el órgano en la iglesia y
ella respondió sí, alegando que no tenía deseos de regresar.
La chica de labios negros invitó a la escultura a su
casa, dijo que tenía espacio para alguien más y una banda donde ella podría
tocar el teclado. La escultura advirtió que ella no creía en el creador de la
cruz, estaba hecha de barro y creía en su propio escultor. La chica con los
labios negros, respondió que no importaba quien fuera su creador. Ambas caminaron
a casa y la escultura conoció a los otros integrantes de la banda, la chica de
labios negros era bajista.
Todos los fines de semana tocaban en un bar del
pueblo, desde la llegada de la escultura la popularidad de la banda creció y la
multitud se juntaba para ver a la escultura tocar y escucharla cantar, una
noche la escultura vio entre la algazara a su escultor, sentado en la barra del
bar, desde el escenario gritó: “¡mi creador!”. El escultor la vio y se asustó,
ella se abrió paso entre la multitud y se acercó, él saco un revolver y sin
decir nada le disparó en el pecho.
Varios hombres detuvieron al escultor y comenzaron a
golpearlo, la escultura al ver que iban a matar a su creador, se levantó del
suelo con el pecho lleno de sangre y tranquilizó a sus fanáticos. La bajista de
la banda se acercó y la escultura se despidió de ella, la bajista dijo que se
quedara que no era necesario ir con el escultor. La escultura, dijo no tenía
otro lugar donde ir y la bajista insistió, alegando era libre para decidir su
destino y con quien compartir su vida. La escultura la abrazó y se fue, tomó a
su creador de la mano y le ayudó a levantarse, ambos se fueron caminando lento
mientras la multitud los miraba con lástima.
El escultor estaba despeinado y sucio había adelgazado
y parecía que había vivido lustros en días, no obstante al sentir la mano de la
escultura, dijo: “¿mi poetisa, has estado con vida todo este tiempo? ¿yo te
abandone?”. La escultura respondió que lo estaba buscando, era su razón para
estar viva, dijo que todo el tiempo lejos de él, la llevó a pensar que una
parte de la poetisa vivía dentro de ella, encerrada, concluyó en que sin
importar lo que dijeran los demás ella estaba hecha de barro, era su obra,
estaba viva por él y vivía para él.
Ambos caminaron hasta su antigua casa que estaba húmeda
y descuidada, entraron y fueron al taller ahí tomaron asiento y la escultura
dijo había algo encerrado adentro de ella, ordenó al escultor sacarlo desde la
grieta en el pecho producida por la bala. El escultor rompió un poco el barro,
metió la mano en su escultura y sacó el libro que la poetisa escribió antes de
morir.
La escultura vio el libro con recelo y sonrió, dijo: “Cuando
estuve lejos de ti me sentía prisionera de mi incertidumbre ahora que estoy a
un lado de lo que más me encadena me siento libre para hacer lo que quiera”
cuando terminó de pronunciar, la grieta en su pecho se extendió por todo su
cuerpo y la escultura se rompió. El escultor, sentóse a un lado de los restos y
leyó el poemario de la poetisa, sintió alivio y se quedó dormido, cuando
despertó, leyó el libro una vez más, fue a bañarse y a limpiarse las heridas,
después barrió los restos de la escultura y comenzó a limpiar la casa.
Autor: Marcovich